30 may. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 11



La incapacidad económica no nos permitía recorrer a la prótesis dental una vez terminada la extracción de los dientes y, ante la necesidad de atender al público y de hacerlo en adecuadas condiciones, se me ocurrió hacerme los dientes de cera. Calentaba la cera y con la ayuda de un palillo y un espejo moldeaba la pasta de forma que la apariencia, algo rara como es natural, por lo menos no ofrecía el aspecto desagradable de una boca desnuda. Llegué a hacerlo con bastante similitud. Como que para ir a las Galerías iba a pie, aprovechaba para andar respirando por la boca; así el aire fresco ayudaba al mantenimiento de la falsa dentadura. Pero ya en las Galerias, se fundían con demasiada rapidez. Había un bello biombo en la sala de pinturas y yo me escondía allí; sacaba la vela, las cerillas, suavizaba la cera, etc. y salía con apariencia de felicidad. Un día a Salord, un íntimo amigo de Enrique  me avergonzó un poco con su pregunta: “Oye, ¿qué pasa con tus dientes? Unas veces los veo de un color, otras de otro. ¿Qué es? Le conté la verdad, no en forma dramática si no como si explicase un chiste. (Es que en realidad tenía su parte groseramente cómica, ¿no?) Bien. La cuestión es que una vez en Menorca se lo dijo a la madre, a la que yo llamaba mamá porque a mi madre la llamaba “may” que es la palabra menorquina. Así las dos tenían distinto nombre pero idéntica calificación. La respuesta fue que escribió una carta acusando el envío de un giro que solucionaba el problema dental. Mi alegría fue inmensa. “¿Se lo puedo decir a mi madre?” pregunté a mi marido. “No te lo habrás tomado en serio”, contestó.
Y mi hermano Leandro trabajó horas extraordinarias en la refrigeración del Bar Canaletas y me pagó la dentadura. Y pude hablar y sonreir tranquila. Un bello gesto, ni mayor ni menor que el de mamá. A los dos gracias.
En las Galerías había una sala donde estaban expuestas las porcelanas más delicadas y pequeñas esculturas. Unos señores se prendaron de una frutera de porcelana que era una verdadera preciosidad. Tenían los precios en las bases de los objetos, no estaban visibles. Yo, con el deseo de atender a los posibles clientes, cogí el objeto y al darle la vuelta para conocer el precio, se cayó el cuerpo superior, rompiéndose. Yo no conocía la estructura del objeto pues estaba en una vitrina de la cual no tenía la llave. Se la tuve que pedir al Sr. Vilá el dueño, para enseñarlo, pero no me explicó que tenía tres cuerpos. Total que al oír el ruido, acudió de inmediato, visiblemente disgustado. En tal estado me riñó con sensible dureza y aquellos señores actuaron con una grandeza de miras verdaderamente admirable. Se desvivían en palabras de consuelo para mi, se quedaban con el objeto y pagaban además su restauración. En fin. Todo parecía haberse resuelto correctamente bien.
Al llegar a casa de mi madre, lo conté a mi hermano Juan. Me aconsejó ir al  sindicato y contar la verdad. Ellos me aconsejarían. Si algo funcionaba bien en la época de Franco era el aspecto sindical. De modo que decididamente fui al Paseo de Gracia, donde estaba situado, conté el caso y empezaron a hacerme preguntas:
“¿Está Vd. Sindicada?”
“No”, contesté.
“¿Cuánto cobra Vd.?”
“Tres mil pesetas mensuales”.
“Cual es su ocupación o cargo?”
“Soy la encargada”.
“¿Cobra un tanto por ciento sobre la venta?”.
“No. Nunca”.
“¿El precio estaba a la vista o no lo estaba?”
“No. Estaba en la parte inferior. Fue al darle la vuelta que se cayó, rompiéndose”.
“Bien, -me dijeron- Váyase tranquila. Si Vd. quiere se les puede obligar a cerrar el negocio. Ni cobra usted lo que ha de ganar, que son un mínimo de siete mil pesetas mensuales, ni el diez por ciento sobre las ventas, y está además absolutamente prohibido tener los precios escondidos: deben estar plenamente visibles. Si le hacen firmar algún compromiso no firme sin leer. No firme si le exigen algo a cambio, máximo cuando el cliente paga incluso la reparación. Sobre todo no firme nada, y al final dígales que obedece órdenes del Sindicato que actuará en consecuencia. Le agradeceremos nos diga el resultado.”
Naturalmente fui. El Sr. Vilá me hacía firmar un papel en blanco a lo que naturalmente me negué. Y cuando les dije que iba en nombre del Sindicato de deshacían en promesas, palabras de cariño, de agradecimiento.
Su propuesta había sido tan injusta que no la acepté. Quería cobrarse de mi escaso sueldo setecientas pesetas mensuales hasta pagar la porcelana rota cuando la vendía por el mismo precio y se le pagaba la reparación. No lo acepté.
Hubo, además, una circunstancia que cambiaba en cierto modo la situación de nuestras vidas. La madre de Enrique había sufrido una embolia y se hallaba en estado grave. Me llamaron por teléfono a la Galerías para avisarme e inmediatamente acudí a su lado. Estaba en casa de una amiga; pero quiso venir a casa de mi madre. Tuvimos consulta con dos médicos, uno de los cuales aconsejó una sangría. El otro que era nuestro médico de cabecera, el Dr. Sales Vazquez y profesor de Medicina de la Universidad, no lo aconsejaba pues veía el caso inminente y decía que para qué molestarla. Sin embargo, con la sana intención de probarlo todo ante una posible esperanza, se le hizo sin resultado favorable alguno. Permanecí a su lado, refrescándola de vez en cuando y suavizando la sequedad de su boca con algodón mojado con agua fresca, pues tenía mucha sed; suavemente la acariciaba y lentamente, sin aparente sufrimiento, acabó su vida.
Al buscar en su libreta de notas las direcciones que precisábamos para dar aviso de su muerte, hallé entre sus páginas la violeta que yo le había dado de un ramo que me habían regalado a mi y del que aparté una para cada madre. Un detalle que me confirmó su cariño hacia mi y que conservo con gratitud. Su hijo estaba en casa; pero no la cuidó ni hizo compañía. Incomprensible.

Tuvimos que ir a Menorca. El ambiente fue acogedor. Estuvimos en casa de unos tíos de Enrique, ella hermana de su padre.
Fueron días de ajetreo. Visitas, papeles, idas y vueltas de la finca que tenían en la isla, muy extensa y rica, pues el único río de Menorca la cruza, lo cual aumentaba en gran manera su valor. De ella cuidaban unos payeses, un matrimonio con un hijo subnormal y otros colaboradores pues la finca era muy extensa. Había vivienda para los payeses y aparte para nosotros. Allí a los payeses se les daba el nombre de “amos” y a los dueños “señores”. El trato obedecía a esta discriminación y, por regla general era muy humillante. En Mahón la madre poseía además, tres casas espaciosas, bellas y muy bien situadas. Las tres las tenía alquiladas. Una de ellas a una familia de Cartagena, con la que al principio hubo serios problemas a resolver. En ausencia de la madre, se habían apropiado de joyas de gran valor material y sentimental pues contenían estimables recuerdos familiares. Se trató el asunto con la máxima humanidad y conseguimos que no hubieran represalias, antes al contrario, ayudamos cuanto estuvo a nuestro alcance y se estableció un sincero lazo de unión.
En la finca, lo que aquí se llama “masía” y en Andalucía “caserío”, en Menorca es “Es Lloc”. Era tan grande, que todo cuanto alcanzaba la vista era de nuestra propiedad. El espectáculo unía a su belleza, una salvaje virginidad. Menorca no es muy rica en espacios de abundante arboleda y era fantástica la exuberante grandiosidad de aquel paraje que comunicaba tantos y tan variados matices. Entre zonas de múltiple variedad de verdes de todas las tonalidades, aparecían los trigales como extensos campos de plumaje que, azotado por el viento, era un continuo aleteo semejante al oleaje del mar; pero matizado en ocre, amarillo dorado, blanco marfil y grises plateados acariciadores. Y la paz, la paz beatífica que descendía suave y bienhechora. Aquello era un ensueño, algo digno de ser conservado, aprovechado y protegido como un tesoro para nuestro hijo asegurándole, al menos, algo de bienestar. Hubiera sido un descanso, una justa satisfacción, un deber de amparo ofrecido tan generosamente por la vida.
Pero Enrique se hallaba como un niño a quien los Reyes le han dejado tantos juguetes, que no sabe qué hacer con ellos y acaba por destruirlos. Recogimos algunas cosas y regresamos a Barcelona para volver de nuevo y seguir ajustando ideas, posibles soluciones y determinar proyectos. Entre sus familiares los había que, además de disfrutar de una cómoda situación, tenían experiencia, conocimientos y carácter para establecer confianza y compartir orientación.
Ya en Barcelona me personé en Galerías Pallarés para decirles que, con todo lo ocurrido, no quería entrar de nuevo en el trabajo con ellos toda vez que su comportamiento había roto la confianza y ya no me era posible reconstruir el estado total de entrega de mi inicial gratitud.
Durante mucho tiempo, estuvieron llamándome, escribiéndome, rogándome y ofreciéndome ventajosas oportunidades. Pero no volví. Había cumplido con el compromiso moral con el Dr.Canalda, y mi deber estaba realizado.
Algunas alumnas de la Escuela Academia Serra  vinieron a mi casa a clase de música. La ayuda a mis maestras continuaba y era gratuita por mi parte; pero estas privadas eran correspondidas materialmente.
Fuimos continuando así hasta ir de nuevo a Menorca. Como la vez anterior, nos albergamos en casa de los tíos. El tío era encargado de la fábrica Codina y el director técnico en Barcelona era un químico ruso que se hospedaba también en casa de los tíos. Era un hombre raro, muy observador, generoso; pero había algo en él que promovía a cierta inquietud, a establecer un estado de atención, de alerta. Su mirada quería ser hipnotizadora, como si tuviera la intención dominadora de quien quiere conseguir algo de su interés y cifra en ello su máxima atención. Algo en él me recordaba a Augusto Engelke, y me previne. Notaba su influencia sobre mi mente y me estremeció una lucha de la que los dos teníamos conciencia. El quería vencer; yo no quería sucumbir. Esa interna percepción se hizo visible exteriormente con una especie de amenaza. Su mirada fija en mi con intención dominadora, acompañó a unas palabras que no eran menos agresivas: “Un día pensarás sólo en Juan”. Yo vencía esa voz sin violencia, con serena pero fuerte inmutabilidad. Me di cuenta de que esta posición era mi mayor ayuda y me mantuve en ella. Era muy importante mantener la paz y un buen camino el de no concederle importancia alguna. Llegué a conseguir un total desapego y me entregué a los problemas que exigían más fiel atención.
Ibamos a la propiedad a menudo, pasábamos en ella días enteros y nos sentíamos fortalecidos. Pero poco a poco Enrique empezó a pensar en vender; pesaban los inconvenientes de vivir en Barcelona y no poder cuidar de aquello más directamente y la ilusión de crear un negocio, tal vez de producir cosméticos, influenciado por el Dr. Heiman, que así se llamaba el químico. La idea, al principio discontinua y confusa, iba tomando cuerpo, revoloteaba como un moscardón imponiéndose cada vez con mayor atractivo.
En la isla, al estar en contacto con las tierras, la contemplación de su natural belleza, el bienestar en su paz, la satisfacción de participar en la recolección de sus productos, de comer la fruta cogiéndola directamente del árbol, saborear su vida y traspasarla directamente al organismo, estableciendo esta tan especial comunicación, esa participación gozosa con la naturaleza, era de por sí una extraordinaria fuerza que actuaba positivamente contra las influencias contradictorias que intentaban invadir el pensamiento y transformarlo.
Yo estaba cada vez más segura de que el afán de grandeza conseguiría al final que Enrique cediera a los consejos del químico y se desprendiera de aquella suprema realidad para embarcarse en una nave sin rumbo, poniendo aquella magnífica oportunidad en el peligro de perderla. Y miraba la exuberancia de los espesos bosques de almendros y olivares, de los ancianos  y majestuosos castaños, con la tristeza de un irreparable adiós. Y era un adiós mucho más cargado de indignidad, de desgarro de algo que debía de haber sido una ofrenda al hijo que quedaba así desposeído de algo que podía haber sido una legal seguridad.
Eso era difícil y duro de aceptar, en contraste con la natural generosidad que habría consolidado una unión y rehabilitado una posición que había sufrido descalabro. Mi naturaleza, tan dada a la confianza y creadora de esperanzas se veía amenazada en estos momentos. Momentos en que los recuerdos adquirían una presencia real, sobre todo los más recientes.
Mientras yo trabajaba en las Galerías Pallarés, Enrique estudiaba Farmacia y Ciencias Químicas, en la Universidad. En un día de examen y con la sana intención de ayudarle con mi compañía fui a la Universidad. No estuvo muy brillante. Le esperé en el patio donde me encontré con el hijo del Sr. Juncal, el director de la escuela Normal. Dimos un corto paseo al saludarnos, y nos paramos esperando a Enrique, que estaba algo apartado. Salió una chica, se abrazaron y me vieron. Nos reunimos y, para abreviar, unas palabras del joven Juncal aclaraban impresiones distintas. Enrique hizo ademan de cogerme del brazo para salir; pero Juncal exclamó:
“No, Enrique. Yo acompaño a tu mujer. Tu acompaña a Fanny, como todos los días”.
Y dirigiéndose a mi añadió: “Si yo hubiese sabido que eras la esposa de Fernández los claustros de la Universidad no hubieran sido testigos de lo que han sido”.
Quizás debí preguntar. Pero no. guardé silencio y procuré olvidar, borrar y lo había casi conseguido. Otras fuertes impresiones apoyaban el recuerdo y fortalecían posiciones. Cuando me daban a mi alguna golosina en el trabajo, yo se la daba a Edmond, íbamos a la Universidad y le decía a mi hijo: “Anda, entra y dale esto a papá”. Pero Enrique fingía no conocerle y el niño salía llorando. Y yo entonces comprendía. ¿Qué hacer? De nuevo amontonaba en el silencio.
Habían motivos que frenaban posibles dignas reacciones. La mujer, en aquella época, carecía de protección. No era justo, pero era la Ley.
Ahora esta nueva situación, de decisiones no pasajeras, sino de consecuencias definibles, en uno u otro sentido, de nuestras vidas. Ahora se imponía saber esperar, respirar hondo aquí que el aire era más puro y abrir el pecho al amor y la mente a la confianza.
Como que era verano, plena época de recolección, recogimos lo que pudimos y, entre mi hermana Anita que vivía en Mahon y la familia de Barcelona, repartimos algunos alimentos, pocos por lo que hubiera querido, pero lo suficiente para darles una satisfacción.
De nuevo en Barcelona, dado que Enrique se sentía ya más seguro en la reciente posición, buscamos un hogar para encauzar nuestra vida. Entretanto vivimos con nuestra familia. Mi hermano Juan había vuelto del campo de concentración de Francia; pero vivía en casa de unos amigos para evitar complicaciones.
Sinesia y Ceferina seguían trabajando como también Maria en el laboratorio. Mi madre llevó la casa mientras pudo. Luego fue Sinesia quien se encargó de todo. Mi madre empeoraba; pero resistía.
Enrique seguía entrevistándose con el Dr. Heiman y yo pintaba y vendía lo que podía. Generalmente era bajo encargo. El Dr. Heiman compró uno y de aquel siguieron otros muchos que decía le pedían a él amistades suyas. Y, cuando menos lo pensábamos Enrique vendió la propiedad. Nunca supe por cuánto. Intenté que comprase una casa de cinco pisos en la calle de Llansa junto a plaza de España y que la pusiera a nombre de Edmond. “¡Qué piensas, -me dijo- ¿qué es fácil hacer un regalo como éste?” Y lo invertía en pagos por adelantado de cosas que luego no se realizaban. Siempre cosas quiméricas, rodeadas de fantasías. Hoteles con camareras vestidas de época, por ejemplo. Cosméticos que serían inigualables y que luego no tenían aceptación, hasta que llegó a ver más claro y se apartó de aquella influencia.

28 may. 2013

TelaVision 30 - Lo mejor de las vacaciones...

...es explicar lo que hicisteis con la familia, aunque a veces se exagera bastante, como nuestra amiga en la peluqueria.

27 may. 2013

La vida critica... 91 - Una de secretarias.

La verdad es que secretarias como esta no hay muchas, pero en mi vida he conocido alguna de parecida. También hay ejecutivos bastante tontos, como los politicos.

Este fin de semana nos ha dejado Jordi Bayona, que fué redactor de Bruguera en la época dorada de la historieta y la editorial. Le recuerdo con afecto, como a todos ellos, y le mando un abrazo. !Que momentos tan divertidos vivimos juntos entonces!

23 may. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 10




Ya habíamos preparado el viaje de regreso a Barcelona. Leovigildo se ocupó de procurarnos un camión que iba allí y nos acomodamos en él como pudimos; lo importante era regresar al hogar. Pero un fuerte choque con un camión de la  CAMPSA nos hizo regresar a Gerona e ingresar en el Hospital. Mi madre con dos costillas rotas, mi tía con conmoción cerebral, mi hermana Ceferina con un brazo fracturado, dos cuñadas con pequeñas heridas y Sinesia, Edmond y yo ilesos. Sinesia y yo trabajamos  en el Hospital a fin de colaborar a nuestra estancia allí. Como que los cuidados no eran los convenientes decidí irme a Barcelona y regresar en un taxi a fin de llevar a los enfermos a casa. De dos duros de plata que tenía di uno  a una familia para que cuidasen de mi hijo y yo me fui a Barcelona con la natural preocupación.
Al llegar a nuestro hogar estaban las tropas de Franco repartiendo pan y mi hermana Eulogia, en la calle, recogiendo uno de manos de un guardia de Asalto. Presa de una intensa indignación le di a mi hermana una fuerte bofetada, le tiré el pan al suelo y, cuando levanté el rostro, en el gorro del guardia había el funesto 354 del día de las oposiciones.

“¡Vaya!, -le dije- Nos volvemos a encontrar. Ya se lo dije. ¿Se acuerda?
“Si.” Y no me pegó y podía haberlo hecho.
Mi hermana no sabía qué decirme. Tengo hijos...
“Lo comprendo, Eulogia. Pero hay pan de maíz. Además ellos han entrado con la cruz y la espada. ¡No! ¡No! y ¡No!
Subimos. Le expliqué algo de lo sucedido y salimos en busca de un taxi. Se necesitaba una autorización que yo no tenía y, como siempre, apareció la solución. Un señor que estaba en la cola se me acercó y me dijo:
“Vd. Tiene taxi y no tiene autorización. Yo tengo autorización y no tengo taxi. ¿Vamos juntos?
“Vamos y gracias”.
“Y yo a usted”.
Y nos fuimos. Fue muy amable. Naturalmente no era republicano; pero eso no importa. Tampoco yo era franquista. Y el viaje fue una recuperación de confianza en otra humanidad sin fronteras, en otra humanidad que un día no reconocería a la propiedad como un derecho personal, sino simple y llanamente un derecho humano. Me acompañó hasta el Hospital. Recogimos a nuestra madre, hermanas y cuñadas y a mi tía, a quien equivocadamente habían puesto ya en el deposito, y luego fuimos a recoger a Edmond. La alegría al abrazarnos me hizo comprender algo más la actitud de mi hermana Eulogia, aún no aceptando el pan en aquellas condiciones.
Otra vez en casa, supimos que Miguel, su esposo, y mi hermano Juan estaban en Francia en campos de concentración. Aún no sabíamos nada de Enrique aun que era de suponer que también él estaba en el mismo u otro campo.
Los días que siguieron fueron bastante ricos en problemas a resolver. A los maestros y funcionarios públicos se nos había vetado el derecho al trabajo. En lo primero que tuve compensación económica fue lavando a mano un abrigo de un farmacéutico, y repasándolo también, a cambio de la leche para mi hijo. Esto fue un espacio de tranquilidad. Me procuré utensilios para hacer malla y me puse a hacer guantes de distintas formas y tamaños, pues estaban de moda, y también empecé a pintar y a vender, eso muy de vez en cuando. La madre de Enrique pasaba las tardes en casa. Su otro hijo, Armando, que era el padrino de Edmond (padrino nominal pues no estaba bautizado) estaba prisionero, primero en el Castillo de la Mola, y luego trasladado a Palma de Mallorca a fin de que no tuviera las oportunidades de defensa que tendría en Menorca. Tenía sinceros deseos de conocernos, como nosotros a él. Pero no nos acompañó la suerte. Fue fusilado a los diecinueve años. Por cierto que Edmond no le conocía como yo tampoco. Una madrugada, a las cinco horas, mirando Edmond asustado la pared frente a su cama, gritó: “¡Es padrí!” (el padrino) no hubo más. Por la tarde, al venir la madre, se lo conté. Y ella, sacando una fotografía de su bolso en la que estaba Armando con otros compañeros, y, enseñándosela a Edmond, le preguntó: “A ver si sabes quién es y dónde está el padrino”. El niño recorría el grupo con su dedito y paró señalando efectivamente a Armando. Quedamos asombrados. El asombro fue mucho mayor cuando poco después llegaba un telegrama dirigido a la madre con estas palabras: “A las cinco y diez de esta mañana su hijo Armando Fernández Orfila, ha sido pasado por las armas”.
Cuanto siguió a esta cruda noticia es fácil de imaginar. Dolor, desamparo, sentimiento de injusticia, hasta incredulidad. Cualquier intento de consuelo era vano, inútil, casi inadecuado. No hallábamos forma alguna de suavizar el amargo contenido de la noticia. Decidió irse a Mallorca. Hizo desenterrar a su hijo para verle, para besarle, para estar con él un momento más. ¡Qué cantidad de fuerza y de amor se precisan para ello! ¡Qué intenso dolor la indujo y qué enorme vacío en aquella vida que acababa de perder gran parte de su propia necesidad de vivir!.
Se entregó más a nosotros y también nosotros a ella. Alguna vez les dijo a mi madre y hermanos que me quería  a mi más que a su hijo. Lo comprendí y lo agradecí. Armando, sí era muy sensible y cariñoso. La quería, la mimaba y la respetaba. Yo lo haría también; pero, yo no era su hija. ¿Podría manifestarme como tal? Lo intentaría.
Al salir Enrique del campo de concentración, al sur de Francia, entró en el de Lérida. Entonces, en aquellos momentos, la policía hacía informes en las diversas escaleras para averiguar si había graduados del ejército no “depurados” o escondidos. Y una vecina, sin idea del perjuicio que podía causar, informó sobre Enrique asegurando que era teniente. Fueron tan sinceras que se lo contaron a su confesor quien les aconsejó que hablasen conmigo y me confiasen la verdad. Esto motivó que, junto con mi hermana María fuésemos a visitar al dueño del Laboratorio en que mi hermana había trabajado. Explicando el caso detalladamente, luego de escucharme me preguntó:
“¿Tu marido tiene las manos manchadas de sangre? ¿ha robado?”
“Ni una cosa ni otra. Estudió en la Escuela de Guerra y ahora era teniente. Ni ha pertenecido nunca a ningún partido político”.
“¿Y ahora tu que esperas? Que baje un ángel del cielo y te haga un aval para que tu marido salga del campo de concentración, ¿no?
“Pues si, dije yo”.
Y me dio una tarjeta con una buena recomendación y me dijo:
“Ve con ella a la Guardia Civil y ya te dirán lo que has de hacer”.
Más que agradecidas nos personamos en la Guardia Civil. Me atendieron muy bien y con una carta dirigida al jefe del campo de concentración de Lérida me fui allí a la mañana siguiente. Entregada la carta a las once de la mañana y a las siete de la tarde estaba en libertad.
Llegamos a casa. Como que un detalle inesperado por lo incomprensible, cortó gran parte de la natural satisfacción, ésta cuenta poco en este momento pues no tenía alas para volar. Edmond empezaba a andar. Enrique, sentado en la mesa, no cesaba de narrar los acontecimientos anteriores. Yo le decía: “Mira Enrique, mira como anda nuestro hijo. Aún no lo has visto”. Pero no; no hubo manera. Al acostarnos mi madre tuvo la idea de quedarse con el niño a fin de que tuviéramos más comodidad y libertad. No se aceptó bien. No quiero opinar. Hay momentos en que hay razones dispares pero, existen razones y hay que saber esperar. El día sigue a la noche y el sol disipa las tinieblas. Cósmicamente el día y la noche tienen razón. Y a mí la vida, las circunstancias y lo sufrido no en vano, me habían enseñado a esperar. No condicionalmente, sino sencilla y llanamente, esperar. Eso es un estado de paz.
Unos recuerdos atraen a los otros y en una autobiografía creo que es muy fácil el olvido de cosas muy importantes y cuyo recuerdo es nítido, claro, se evidencia cuando ya ha pasado tiempo de su real actualidad. Pasó poco después de haber nacido Edmond. El vino del frente. El niño tenía quince días y aún no habíamos salido a la calle. El niño nació en casa de mi madre. Enrique quiso ir a nuestra casa, en la calle del Olivo. Ibamos por la Gran Vía, por el paseo. Encontramos a una amiga, compañera del colegio.
“¡Oh! ¡Que hermoso es el niño! ¿Me lo dejas?
Creo que a todas las madres nos ha ocurrido. Lo dejamos felices; pero con miedo a que llore, a que les caiga; pero no pasa nada y menos con Edmond que no lloraba nunca ni se extrañaba con nadie. Por lo tanto nos despedimos con franca cordialidad y muy satisfechos. Llegamos a casa. Le acosté en su Moisés , que yo había adornado y parecía un trozo de cielo, y entré en la cocina a preparar la cena; berengenas rebozadas y huevos fritos.
Un llanto desesperado de mi hijo me asustó y entré en la habitación. El niño estaba en el suelo. Su padre de pie, junto a él con el rostro lívido, pálido, muy pálido su color y una expresión incalificable. Cogí al niño, y tenía los dedos marcados en su delicado rostro, con fuertes edemas. Le besé, dejó de llorar. Y miré a mi esposo interrogante y confusa.
“Le he pegado a él para que tú sepas que no lo has de dejar a nadie”. Fue su contestación.
De nuevo algo incomprensible, inverosímil, altamente cruel. ¿Qué pasó por mí? El silencio que acompañaría muchos de los momentos de mi vida fue mi única externa manifestación. Dentro, muy profundamente escondida en mi interior, había crecido una lucha titánica. ¿Con qué? ¿contra qué? ¿por qué?
La actitud defensiva que sostuve durante los meses crudos de la checa y de la cárcel ante una increíble amenaza creció con fuerza superior. Era increíble por ella misma, increíble por el origen de la cual partía, sin motivo ni razón; increíble por ser horrenda y desentrañada. Y me sentí espada y cruz. Espada para defender. Cruz para soportar. Y eso, eso tan sencillo y tan elocuente, marcó mi vida.
A la mañana siguiente salía de nuevo para el frente. Le acompañé hasta el coche. Al despedirme le dije: “esta vez no te añoraré como hasta ahora. Hay una mancha en el amor sin mácula. Y esta mancha sí que será imborrable”.
Y la mancha fue y ha sido, imborrable; pero tan imborrable como mi amor. Una sonrisa bastaba para recuperar esperanzas. “Cambiará”, “eso pasará”. Y los acontecimientos no me daban la razón; y yo volvía a esperar aunque con menos fuerza. Y ese vaivén se mantuvo durante doce años, de modo desconcertante.
La condición de espera llegó a alcanzar límites insospechados. Toda cualidad sometida a continuado ejercicio sufre un proceso de desarrollo. Y las consecuencias a veces insospechadas, sorprenden por su balsámica y reconfortante calidad. Mi padre nos daba un consejo muy lleno de sencilla sabiduría. “Ante cualquier duda, ante cualquier opción o decisión, ante cualquier posibilidad que pueda ofrecer un aspecto negativo, no corráis. Contad hasta ciento. Es muy sano esperar”. Y tenía razón.
A través de mi hermano Leovigildo surgió un trabajo en un taller de fabricación de tacones para zapatos. Pero Enrique no cuajó en él. Mi otro hermano, Leandro, no tenía trabajo y pensaron en que si económicamente pudieran montarían una pequeña fabrica de alumbre de roca, material que se empleaba para curtir la piel. La madre de Enrique pasaba una temporada en Menorca y, al saberlo, vendió una barca y con lo cobrado se organizó la fabricación. José Morey Labandera , naviero y primo de mi madre, en aquellos momentos se dedicaba al desguace de dos barcos, el Uruguay y el Montevideo, y cedió el local a Enrique y a Leandro para que se instalasen en él. El local disponía de una vivienda derruida por los bombardeos y que nos sirvió de hogar, mientras duró el trabajo, la vivienda carecía de las más precisas necesidades. No había ni agua ni luz, techo y paredes eran de uralita y no había ni cocina ni aseos. Una escalera que parecía de rústico barro, al cabo de dos semanas de duro e intenso trabajo de limpieza, resultó ser de precioso mármol blanco, y los escasos muebles que pudimos colocar, una vez todo limpio y aseado, daban un cierto aire de nobleza al tétrico lugar. Trasladamos el piano allí y el ambiente se llenó de sonidos que convertían el crepúsculo en radiante alborear.
La fabricación del alumbre de roca exigía unos lavaderos muy largos y profundos. Había que llenarlos de agua; ellos la mezclaban con los materiales, precisos para la producción del alumbre y este salía en forma de grandes estalactitas maravillosas. Ibamos a buscar el agua a una fuente de la plaza de Medinaceli. Yo llevaba una garrafa en cada mano y hacía muchos viajes durante la tarde. Pero lo hacía tan gustosa que incluso cantaba hasta con alegría.
Empecé con una fiebre que no cedía. El médico supuso que me venía de la boca y habló con un dentista amigo suyo, el Dr. Canalda, y le aconsejó que lo extrajese todo para solucionarlo con más rapidez y seguridad. El dentista se negaba pues decía que las piezas estaban fuertes y no veía la necesidad; pero el otro insistía y me dejaron solo unas muelas para mantener mejor la prótesis que entonces no me podía poner por carecer de medios.
El Dr. Canalda me encontró trabajo en una galería de Arte, las Galerías Pallarés , en la calle Consejo de Ciento, entre Rambla de Cataluña y Paseo de Gracia. Quedé tan agradecida que tomé el trabajo como si fuera mío. A los tres meses de prueba me nombraron encargada. Allí conocí a pintores y escultores de verdadera categoría; Llop, Doria; Clavé, Santasusagna, Sorolla, y escultores como Borrell Nicolau, Otero, Clará. Estos dos últimos me querían de modelo. Sólo Otero vestida con una túnica larga, cómoda y expresiva lo consiguió. Mis manos, ahora deformes por la enfermedad, les sirvieron de modelo también. Yo posaba con absoluta entrega y colaboración y lo que es más, profundamente agradecida.
En los conciertos el público vibraba, vibrábamos juntos y algunos comentaban que al salir yo al escenario no sabían si iba a tocar el piano o si seria la danza mi medio de expresión, pues decían que, al pisar el suelo, daba la impresión de no tocarlo si no la de cruzar el espacio hasta llegar al piano y volcar en él todo el caudal de vida mantenida, guardada en el silencio y que se desbordaba cuando había una equilibrada oportunidad. Otras quedarán de nuevo en el silencio profundo, por respeto al amor, a los que amo y por respeto a mi misma como agente de una vida a la que quiero y debo tratar con imperativa dignidad. Seguiré con mi autobiografía a pesar del silencio que en algunos momentos velará con celo la ruda revelación. La vida conduce paso a paso los acontecimientos y éstos, tarde o temprano dan claridad a los puntos oscuros y a veces convierten en fértiles, épocas de aparente infecundidad.

La verdadera historia de Frankenstein. (Dedicada a casi todos los políticos)

Hace años dibujé y mandé esta felicitación navideña que creo sigue de vigente actualidad. Ahora que algún expresidente, conservado en formol, amenaza con volver como si no hubieramos tenido sufciente con su época anterior y sus delirios de grandeza de las Azores, y otros como Wert que no saben como hacerlo para acabar de hundir el pais, creo que os puede divertir a los que no lo recibisteis en su época.

21 may. 2013

TelaVision 29 - ¿Habeis olvidado al abuelo alguna vez?

Yo si. Olvidé a mi padre en el parking del Corte Inglés y no me di cuenta hasta llegar a casa. Lo conté en alguna de mis anecdotas de Mi vida en Bruguera,
por si quereis recordar la historia, como les ha pasado a nuestra familia al regresar de las vacaciones.

20 may. 2013

La vida critica... 90 - Ladrones con garantia

¿Os han robado alguna vez? A mi no me ha sucedido pero a varios vecinos mios les ha pasado y se han sentido fatal. Estos, encima, quieren garantia...

19 may. 2013

Hoy hace dos meses que estos hermosos y dulces ojos me miraron por ultima vez.

Los ojos de una menuda-gran mujer que nació en la menuda-gran isla de Menorca: mi Madre.

He querido dibujarla en su primavera, cuando se abrian ante ella los caminos de su vida: el magisterio, la música y la pintura, y daba gracias por todo lo que la vida le ofrecia, bueno o malo.
Cuando su madre, mi abuela, murió hace muchos años, escribió y compuso esta canción que cantaba con su dulce voz. Yo no podría decir nada mejor.

                                                        MARE

                                   Mare, Mareta, vine a mi
                                   que estic molt sola
                                   ton pit tan dolç vull per coixi
                                   que es cel i es glòria.
                                   Mare, Mare, tot ho ets tu
                                   Mare, Mare, tot ho ets tu

                                   Ni els rosers
                                   ajuntant ses olors
                                   no farien un bes
                                   dels teus llabis

                                   Ni dins del cel
                                   cap estel no faria
                                   la llum dels tus ulls
                                   plens d'amor... plens de pau... plens de llum
                                   que eixo ets tu, mare.

                                   Mare, jo et cantaria cançons amoroses
                                   si tingues veu d'ángel

                                   I si fos Déu
                                   dins un niu de rosers
                                   sembraria la vida per tú
                                   plè de llum, plè de pau, ple d'amor
                                   que eixo ets tu.

                                   Mare, mare, mare...

                                                                                           Onésima    


16 may. 2013

Pinceladas - La vida de mi madre - Capitulo 9



Una próxima lucha nos esperaba y que había de ser trascendente en nuestras vidas, no en nuestros sentimientos. A finales de setiembre, al llegar a casa al atardecer, me contó su madre que habían ido dos hombres preguntando por su hijo, y que luego de hablar con ellos, tuvo que acompañarles. Ignorábamos el motivo y supusimos que volvería a la misma noche.
Decidimos irnos a casa de mi madre y con ayuda de mis hermanos, cambiar impresiones y decidir actitudes. Yo dejé una nota a Enrique comunicándole nuestra decisión y que esperaríamos allí. Entrada ya la noche llamaron a la puerta y vinieron a buscarme. Algo supimos en aquel momento del por qué de la detención. Habían detenido a Augusto Engelke y éste nos había acusado a nosotros y debíamos ir a Valencia a declarar.
Llovía. Conque fuimos a casa, recogí ropa, el impermeable y las botas, la última paga que había cobrado y la ropita que estaba cosiendo para mi hijo.
Tras angustiosa despedida emprendimos el viaje a la mañana siguiente hacia Valencia. Paramos en Tarragona para comer. Hubo un cambio de impresiones en este intervalo. El sueco estaba detenido por espía, cosa que no admitíamos en absoluto. Después de comer nos autorizaron a dar una vuelta por Tarragona y reunirnos con ellos allí mismo dentro de una media hora. Nos pareció imposible e inaceptable la idea de un posible acto de confianza. Antes al contrario, supusimos que era una táctica policial y, como que no teníamos nada que ocultar ni temer, dimos un paseo por el mirador y a la hora convenida, estuvimos allí. La satisfacción de los policías nos pareció sincera, que actuaban de buena fe.

Subimos de nuevo al coche y paramos en plena carretera, pusieron un disco de tiro al blanco en el tronco de un árbol, nos dieron un arma a cada uno y nos hicieron disparar. Yo no había cogido un arma en mi vida. Enrique, naturalmente, sí. Comprobados los resultados, volvimos a subir al coche y al llegar a Valencia nos sentimos engañados. Nos habían dicho que nos acompañarían a casa de unos amigos evangélicos, ella maestra también y hermana de López, de quien hablé ya cuando los hechos acaecidos  a motivo de las oposiciones. Fuimos conducidos a un piso, a una habitación muy reducida, tuvimos que dormir sentados en duras sillas. Yo no dormí. Pensé; pero tranquila. Cualquier acusación sería falsa; por tanto no había por qué temer. Sin embargo pasaban las horas con asombrosa lentitud y se acentuaba una progresiva inquietud que debía de agobiar a nuestros familiares con los cuales no había posibilidad alguna de comunicación.
Serían las seis de la mañana, cuando nos vinieron a buscar entrando de nuevo en el coche y bajo repetido engaño. Estaríamos en un hotel –se nos dijo- y ya pasarían a recogernos para ir a declarar. El hotel fue el convento de Santa Ursula, que había sido habilitado como checa. Entramos. La impresión fue la de entrar en una pocilga con tan evidente desorden y suciedad que eclipsaba todo motivo de esperanza de bien. Se respiraba un ambiente de tortura, de suplicio o mortificación. Nos rodeaban numerosos guardias de Asalto y miembros de la F.A.I. con sus pañuelos rojos y ademanes amenazadores.
Pronto nos separaron. El fue conducido a una celda con otros detenidos. La acusación que pesaba sobre mí era más grave; por lo tanto estuve incomunicada. No es de extrañar la dureza del trato ni las precauciones mantenidas. El caso no era para menos. Se me acusaba de guardar la documentación secreta de Hitler en Barcelona, de haber asistido a reuniones de espionaje en Cartagena en días determinados.
La operación de registro fue muy desagradable. Pieza por pieza fue arrancada la ropa de mi cuerpo hasta dejarme desnuda. Me despojaron de todo, hasta de la ropita que confeccionaba para mi hijo y que conservo todavía, lavándola de vez en cuando y guardándola  con el perfume de un beso. Mi hijo fue mi lucha y mi consuelo. Lucha porqué sabía que querían provocarme el aborto, pues no estaba permitido fusilar en estado de embarazo. Consuelo porqué cada pequeño movimiento del hijo en mi vientre, me revelaba su vida y ésa era mi única voluntad de vivir.
En la celda, había un banco de piedra adosado a la pared. Arriba había una pequeña ventana cubierta por una espesa tela metálica. Me subí al banco y desde allí divisé un grupo de hombres que paseaban por el patio tomando el sol. Un intenso jubilo me invadió. Entre aquellos estaba Enrique paseando lenta y preocupadamente. Su mirada recorría  los pequeños espacios de las ventanas pensando en descubrirme en alguna de ellas.
“Le diré que estoy aquí” y, sin pensar en posibles consecuencias, rompí la tela metálica y por el pequeño agujero abierto saqué la camisita color de rosa que estaba cosiendo. “Estoy aquí. Te amo” le decía a través del movimiento. Mi intención fue como un cable telefónico que, cruzando el espacio llegaba a él como un aviso. Me localizó con triunfal regocijo; pero se mantuvo inmóvil. Lentamente retiré la mano de la ventana, bajé del duro asiento y esperé. Un natural temor me invadía y no me atrevía  a movimiento alguno. Al cabo de un rato se abrió la puerta. Entraron dos milicianos con una fuerte madera y cubrieron la ventana dejándome sin aire y sin luz. Tres días consecutivos a pan y agua junto a varias amenazas durante el día, como: “ya veras lo que pasará ahora”. Y yo estaba pendiente de cualquier ruido y sobre todo al sensible tacto de mis dedos apoyados en mi vientre percibiendo los delicados movimientos de mi hijo y estableciendo un elocuente y bellísimo dialogo con él. ¡Qué bella, qué reconfortante,  qué deliciosa experiencia, qué grandioso prodigio la maternidad! Aquel  día se cumplía la quinta falta y una sorprendente ayuda vino a suavizar la tremenda inquietud de aquel momento.
Estaban sirviendo la comida. El que la repartía era un preso también. Iba acompañado de dos guardias. Al agacharse para vaciar el agua en el jarro que yo tenía, en voz muy baja me dijo: “En la primera ventana de la derecha”, y luego en voz alta:
“¡Anda! Ve a buscar la ropa que tienes tendida. Y no te entretengas que te esperamos”.
Yo salí ansiosa y llena de disimulada alegría. Sí, en la última ventana, la primera a la derecha, estaba Enrique con cinco más. Con gestos y valiéndome de los dedos, le indiqué que se cumplían los cinco meses de embarazo: lo compartimos y nos mandamos un beso. Motivos de una unión que sonreía a la adversidad y perpetuaba una promesa. ¡Siempre!
Sin poder prestar atención al emotivo encuentro, recogí la ropa que tenía más a mano y regresé a la celda dando las gracias a los que me habían favorecido. Hasta la noche, en que tuve que salir para mis necesidades, no pude decir a una mujer desesperada que no encontraba sus enormes bragas, que las tenía yo. Ella llevaba casi un año allí y entraba y salía cuantas veces quería de la celda y las pudo recuperar.
Días después hubo una gran redada. Cuatrocientas personas a las que iban acomodando en las diferentes cárceles o checas. En mi celda entró una mujer alemana. Su esposo estaba igualmente detenido; los dos eran espías.
Se cumplieron los tres días de castigo y restauraron la ventana. Volví pues, a tener aire y luz y pude volver a ver el sol y el cielo azul.
La mujer espía hablaba un poco el español: pero yo nada sabía de alemán. Incluso en las cárceles había discriminación de sexos. Mientras los hombres salían cada día a pasear y tomar el sol, charlar, caminar, etc. las mujeres permanecíamos encerradas y vigiladas con mucha más intolerancia.
La alemana se entendía con su marido por medio de movimientos. El, agachándose y enlazando o desligando los cordones de sus zapatos; ella manipulando un pañuelo de cuello que llevaba puesto, de fondo marrón con lunares de apagado amarillo, anudándoselo en distintas posiciones se entendían perfectamente bien.
Por las noches pasaban lo que llamaban “la requisa”. Consistía en llamar a la puerta de las celdas en las que habían presos a fusilar. Y era alrededor de las once horas cuando empezaba el macabro sonido y pocas horas después empezaban los terribles fusilamientos. De vez en cuando a alguno de los presos se le obligaba a presenciarlos y a determinar después si conocían a alguno de los muertos o moribundos.
La alemana me había enseñado una muy corta melodía que yo aprendí a entonar. Me pidió que el día en que me eligiesen a mi para tan inhumano enfrentamiento, si su marido se hallase entre los agredidos, le entonase aquella melodía y él sabría así que ella estaba con él. Y una noche, inolvidable noche, vinieron a por mí. Descendimos un piso. Entramos por un corredor a una galería en forma de herradura. El cielo estaba sembrado de estrellas; pero a mi se me antojaban aves de rapiña.
El patio, en la base inferior, estaba vacío. Pronto aparecieron los presos alineándolos alrededor. Algunos se desabrochaban el cuello de sus camisas, con expresión de ahogo, de falta de aire para respirar. Sus rostros graves, sus bocas cerradas como sus puños que parecían contener y retener una energía que se les iba a quitar. Eran un número de treinta; pero aparecían como una masa compacta y homogénea que el intenso, terrible y desesperado sentimiento convertía en una íntegra unidad.
Yo creía que morirían todos al mismo tiempo; pero no. Formaron grupos de cinco en cinco y fueron seis las veces que tuve que oír aquellas voces crispadas por el odio, por la venganza y el miedo gritando: ¡disparen!. Y un ruido seco, hiriente, punzante como la punta de una afilada espada, atenazadora como un huracán, se hundía en los aires y temblaba en los corazones tristes y amenazados. Algunos gritos de dolor, expresión de desespero, otros de ¡viva! a algo que despedían para no volver. Y luego un silencio amargo y espeso. Un enorme charco de sangre que tuve que pisar atravesando el espacio en el que, cada pie que se hundía en él, llevaba aquella negra, oscura y horrible orden...¡¡Disparen!!
Y hallé al marido de aquella mujer espía, pero esposa; espía, pero también madre tal vez. Quizás era justo; pero yo no lo sabía, y me fui junto a él. Tenía los ojos muy abiertos, tanto que parecían redondos con sus pupilas rojas de lágrimas de sangre.
En un enorme esfuerzo entoné cinco, seis o tal vez siete notas y, no pudiéndolo evitar, le besé. Le besé y me alejé. A los vivos los remataban; pero no lo vi; me marché. No conocí a nadie más. La acuciante pregunta adquiría caracteres más y más apremiantes, más intensamente imperativos: ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?.
Y una oleada de amor convertía en suave pincelada y extendía un sedoso manto de ternura que transformaba el charco de sangre en un amoroso lecho fraternal.
Eramos, somos hermanos, hijos de una misma creación; frutos del mismo árbol, miembros del mismo mundo, todos con los mismos derechos e idéntica obligación. Entonces ...¿Por qué?, ¿la guerra? No. eso no era ninguna solución.
Y el olor, el hedor a sangre me duró varios años.
Cuando yo salga, me dijo la esposa, tú saldrás de aquí ocho días después que yo. No recuerdo los días más o menos que ella estuvo aún en la checa; pero sí que a los ocho días de haber salido ella, se hizo el juicio y fuimos trasladados a la cárcel. Durante el tiempo que estuvimos en la checa aprendimos ciertos trucos para estar más o menos en comunicación, no suficiente; pero cuando estás privado de todo, un poco basta. Uno de ellos era quitar el taponcito verde de la naranja y colocar en el hueco un papelito enrollado, con unas palabras que nos aportasen cierta tranquilidad y un estimado mensaje de alegría. Conservábamos el papel, por lo menos una noche o lo comíamos si lo creíamos necesario. Pero este mensaje contenía un sagrado valor, pues lo que compartíamos juntos contribuía a la renovación de una mermada confianza, a la anulación de ciertos escollos y a disminuir la importancia de las dificultades. A veces me parecía recuperar el encanto virtual del mar y del cielo y que el irisado conjunto, transformaba la faz oscura y dolorosa de la checa en pura luminosidad.
Las cosas más caóticas y tenebrosas pueden ser reversibles y convertirse en agradables contingentes de realidad bienhechora. Todo lo manifestado tiene su cara y su cruz. Así las experiencias vividas en estos tan crudos momentos, sumergidas en la integridad y asegurados en la entera aceptación de los dones de la vida, atraen la consolidación de unas consecuencias legítimamente depuradas. El resultado es el aumento de la energía en el bien.
Llegó el día del juicio. Los presos íbamos en el coche policial, esta vez con los cristales con visibilidad externa también. La luz nos dañaba; pero la pequeña sombra de libertad nos entonaba y comunicaba un tímido gozo. Nos enteramos allí de que no se había realizado el juicio con anterioridad por el fallecimiento de Augusto Engelke, torturado con el martirio de la gota de agua. Los días asegurados como prueba en contra, eran el 6 de enero de 1937 y el 16 de febrero del mismo año. La comprobación era milagrosamente fácil. El día 6 de enero yo daba una conferencia junto con el Dr. Martí Ibañez y recogido donativos a beneficio de Pro Infancia Obrera. Habían los anuncios y catálogos con las fotografías, y las firmas de los donantes. El día 16 de febrero era mi aniversario y había recibido flores de una floristería de la plaza de Urquinaona. Los datos completados por las direcciones serían sometidos a investigación y según los resultados así sería la condena: ejecución o libertad.
Fuimos conducidos a la cárcel, no se si la de mujeres era en San Juan de Reyes y la de hombres en San Julián de Reyes o viceversa. De nuevo separados pero en mejores condiciones y más fortalecidos.
La estancia en la cárcel fue más llevadera por el trato más humano recibido. La celda impresionaba más pues daba un sentido más auténtico de reclusión. El techo altísimo y la voluptuosidad de las puertas, acentuaban la sensación de soledad. No podía verse el exterior pues la pequeña ventana no estaba al alcance ni aún subiéndote al camastro. En cambio la carcelera me trataba con consideración y algunas veces me traía cacahuetes, avellanas, almendras o nueces, cosas que no entraban en absoluto en la comida normal y obligatoria. Pasaba algún que otro rato conmigo, cortos; pero me demostraba confianza y creo que no quería traslucir una esperanza que seguramente guardaba en su interior. Pasaron las Navidades y Año Nuevo. Nos dimos cuenta por los ruidos y voces del exterior. Yo ya había cumplido las siete faltas cuando una noche entró sonriente y muy azarosa me dijo:
“¡Onésima, vaya! Arréglate y recoge tus cosas. Te vas. Ha llegado la orden de tu libertad y sólo puedes estar cinco minutos”.
“¿Mi libertad?, pregunté yo. ¿Qué día es hoy?”
“Treinta de enero, contestó”.
Habían pasado cuatro meses largos, intensamente dolorosos.
Pero al fin, ¡libre!
“Como que hay alarma –añadió- no hay luces ni en las calles ni en las casas. Fíjate en el suelo. Verás un raíl; síguelo; conduce a una avenida por la que llegará un tranvía que te llevará a Valencia. Adiós. Salud y suerte. ¡Ah! Y un beso al niño de mi parte cuando llegue.
Y nos abrazamos.
La oscuridad era tan intensa que desconocía dónde ponía los pies. Tampoco la luna iluminaba el camino. Mis pasos eran temblorosos, inseguros; temía hundirme en algún hoyo y que algún agente extraño pudiera dañar a mi hijo. Al fin llegué a la anunciada Avenida. Sentada en el suelo había una mujer víctima también como su marido, al que esperaba, de una denuncia del mismo origen que la nuestra, aunque no tan grave. Supusimos que, en ambos casos el motivo habían sido los celos, pues se había prendado, también, de una hija suya de mi edad.
Hubo una nota llena de comicidad. Esperando a su esposo que debía de llegar a San Julián de Reyes, vimos una sombra a lo lejos. Ella empezó a gritar:
“¡Fernando! ¡Fernandoooo!
Y la sombra se iba acercando, pero no había en ella movimiento alguno que contestase con evidencia. Ella insistía con sus gritos ya nerviosos y, de repente, un rebuzno fuerte y lastimero fue la única contestación. Yo no podía parar de reír. Era un asno, así, con todas las letras.
Al fin llegó su marido y juntos nos fuimos a Valencia. Nos hospedamos en el Hotel Regina y tuvimos que estar juntos pues no había más que una habitación. Y, nueva exhalación de risas. El marido nos salió del cuarto de aseo con un largo camisón blanco y un gorro con una estupenda borla de colores en el pico. Yo perdí todo poder de discreción y no podía contenerme. De vez en cuando aparecía el comprometedor chirrido de hip. hip. aspirado y los contagié a los dos. Al fin pudimos dormir.
De buena mañana me fui a Correos con el fin de poner un telegrama a la familia. Y al salir, con gran sorpresa, nos hallamos uno frente al otro mi hermano Juan y yo. El llevaba varios días en Valencia para averiguar algo sobre nosotros. Supo que estábamos en la cárcel; pero nada más. Y se hospedaba en el mismo Hotel Regina. Enrique estuvo unos días más y llegó también mi hermana Sinesia.
A partir de ahí estuvimos todos en casa de los amigos evangélicos hasta regresar a Barcelona.
Había llegado más o menos el fin de una triste odisea que pudo haber sido mucho peor. El celo de los policías nos había conducido a la libertad.
Habíamos sufrido tanto, por variados e insospechados motivos que nos sentíamos como incapacitados para saborear, para disfrutar de la gran nueva aventura de nuestra libertad. Era una extraña sensación de gozo, una mezcla de atrevida esperanza y de inquieto estado de alerta. Quizás esto era lo más parecido a cuanto podíamos vivir en aquellos momentos. Nuestro reencuentro, la gozosa reunión familiar, el agua bebida y el pan comido sin miedo, sentarnos todos en la misma mesa, ver los rostros con tanta amargura vivida mirarnos con aquel amor, la paz que traslucía a los ojos un sin fin de calidades imprevistas pero que surgían con ímpetu arrollador luego de un largo silencio, era de incalificable, indecible valor. Era como un dulce y reparador sueño tras la amargura de una injuriosa pesadilla. Estábamos juntos.
Enrique fue destinado a la batería de Montjuich. Yo a un grupo escolar en Montjuich también. Pero Enrique tuvo que marchar al frente.
Un accidente en el coche que conducía mi hermano Leovigildo, en el que íbamos mi madre, mi hermana Sinesia y yo precipitó unos días el parto. Mi madre se había roto una costilla. Nosotros una herida sin importancia. Pero poco después se manifestaron las molestias naturales y escribí una carta a Enrique anunciándole que el hijo iba allegar de un momento a otro y la llevé yo misma al motorista que salía para el frente a fin de que fuera el primero en saberlo. Al llegar a casa de mi madre ya pronto rompí aguas y bajo un cielo enrojecido por el fantasma de la guerra empezaron los dolores, más felices y más llenos de bellos anhelos y más majestuosamente recibidos. Y a las nueve de la mañana del día 29 de marzo de 1938 nacía la más auténtica bendición de mi vida. Mi hijo. Edmond. Pesó 4.200 grms. En una cama contigua estaba mi madre, bendiciéndonos a los dos. Mi hijo tiene ahora sesenta años. No sé si los tenía al nacer ni si los tiene ahora. Un hijo no tiene edad. Es Vida y encarna sus misterios.
Cuando pude reintegrarme a las clases, al cabo de un mes, la mayoría de las veces las daba al aire libre; y en uno de estos días, la escuela fue bombardeada. El parvulario quedó destruido; pero no hubieron víctimas y mi nuevo destino, en la calle Vila Vilá, sufrió la misma consecuencia. Entonces Puig Elías que en aquellos momentos regía como director en el Ministerio de Cultura, me instaló en él como jefe del departamento de 2ª Enseñanza Musical. Trabajé allí con verdadero entusiasmo; pero el ambiente era inseguro y desorganizado. Hacía poco que el Ministerio de Cultura estaba en Barcelona y todo estaba aún algo revuelto. Diariamente tenía contacto con Federica Montseny, hija de Federico Urales. Todo un carácter.
Había empezado la temporada del Liceo, y creo que había un cierto abuso de las actividades lúdicas. ¿Era la guerra que lo trastornaba todo?
Si en la checa había discriminaciones de sexo aquí las había de clases. Me enteré por las mecanógrafas de que en los dos horarios de comida que habían establecidos, el de la una correspondía a los subalternos y el de las tres a los superiores. Pues bien. La comida no era en los dos de la misma calidad, y durante unos días fui a comer en el primer horario para comprobarlo. Y si, era cierto. Y así se lo comuniqué al Sr. Negrin, en una comida en el Ministerio luego de una reunión. Y hubo un cambio: cambio que no duró mucho pues las tropas fascistas se iban asegurando y las republicanas, carentes de ayuda, iban retrocediendo.
Por las tardes, el Ministerio de Cultura quedaba casi vacío. Había un señor cordobés que llevaba muchos años trabajando en el Ministerio. Nos hicimos buenos amigos y él me advertía del movimiento polítco-militar y se sentía muy pesimista. Una noche vino a mi casa (yo vivía en la casa de mi madre) a avisarme de que no fuera al Ministerio a la mañana siguiente, pues no encontraría a nadie.
“No puede ser, contesté yo. Me habrían advertido”
“Pues se han ido esta tarde y están en Gerona”.
A la mañana siguiente fui al Ministerio. Realmente estaba vacío. En el despacho del Director estaban los nombramientos de los maestros y directores de distintos centros escolares así como las de los empleados del Ministerio. Se habían llevado parte de la documentación, pero recogí lo que quedaba y me lo llevé pensando que eran posibles vidas en peligro.
En un coche del cuartel de Artillería donde estaba mi hermano Leovigildo, salimos mi madre, Edmond y yo con unos de los jefes del cuartel. Junto a Cardedeu tuvimos que parar y descender del coche. Mi madre y yo, con mi hijo en brazos, nos escondimos entre el trigo de un campo cercano. Sin saberlo nos habíamos refugiado en un campo de aterrizaje. Pasaban las pavas y disparaban locamente. Yo cubría a mi hijo con mi cuerpo; pero recogí un trozo de metralla que cayó muy cerca de su cabecita. Mi madre estaba protegida por unas matas muy espesas y no se movía. Calmóse el ataque y volvimos al coche. Los militares que iban también  en él nos ayudaron a salir y seguimos hasta Gerona sin más problemas. Allí descansamos en un local de Pro Infancia Obrera, repleto por cierto de alimentos infantiles y a la mañana siguiente fui a la Catedral donde estaban reunidos. Les hallé quemando papeles en uno de los patios. Entregué lo que yo había reunido y, mi sorpresa y desengaño a la vez fue la acogida que tuvo mi gesto.
“¿Y para esto has venido?
“Sí. Creí salvar vidas, contesté”.
Se me ofreció ir a México o al congo Belga.
“No. Me espera mi madre con mi hijo y nos reuniremos con mis hermanos en Banyolas.
Me despedí y me fui. No supe nada más.
No se me ocurre ningún comentario. Entonces tampoco, ni contesté. Al recordarlo siento el mismo cansancio que me agobió entonces.
Rápidamente me reuní con mi madre y mi hijo. Durante los primeros cinco meses pude amamantarle. Es el mejor gozo para la madre y el mejor alimento para el hijo. En el transcurso de mi vida he conocido a madres celosas, posesivas. ¿Cómo tener celos de algo que nos ha dado lo mejor de su vida? Sus primeras miradas, sus primeras sonrisas, sus primeros besos y primeros pasos. Su primer despertar a todas las primicias y amaneceres de la vida en manifestación. Nos hemos dado y recibido los encantos primorosos de nuestras mútuas exhalaciones.
Luego, nuestro paso por la vida construye o diluye, conserva o dilapida los tesoros adquiridos y que han de ser nuestra suprema ofrenda a la creación.
Llegamos a Pro Infancia Obrera y allí esperamos a mi hermano y al resto de la familia. Nos dirigimos a Banyolas donde mi hermano ya nos había encontrado un hogar donde albergarnos.
En él vivían dos mujeres y una niña, madre, hija y nieta. El padre estaba detenido en la cárcel Modelo de Barcelona. Era una calle silenciosa y la casa grande, una especie de masía. Nosotros fuimos instalados en la parte superior; pero pasábamos el día en el comedor, con ellas y junto a la chimenea, entrando y saliendo de un huerto en el que había aves (gallinas, pollos, conejos) verduras y árboles frutales.
Las tropas se iban retirando. Yo preguntaba a cuantos podía, orientación sobre la situación de la batería donde estaba Enrique. Un día me dijeron: están en Banyolas, al otro lado del lago. Y cogí a mi hijo y en una barca, remando, fuimos al lugar indicado; pero ya no estaban; se habían ido a Francia. En otra ocasión habría admirado la belleza del lago y sus alrededores; pero en aquel momento mi único interés era encontrar a Enrique y que viera a nuestro hijo. Regresé desazonada y cansada también por el esfuerzo; nos acostamos pronto a fin de dormir.
La abuela de la casa tenía unas ocurrencias muy graciosas y nos distraía en muchas ocasiones en que podía dominar la angustia y en algunos la depresión.
Entraron los fascistas con uniforme republicano y, a traición, mataron a los soldados que estaban descansando. Los moros sembraron el miedo, la inquietud y la desconfianza. Se apoderaban de todo, hasta de los niños, si podían. Yo me quedaba arriba con mi hijo. Lo apretaba contra mi pecho, unía nuestros rostros y procuraba que no se oyera su tenue voz. Ellos entraban cuando se les antojaba; cogían comida, huevos, fruta, pan, y cuando descubrieron las aves no dejaron ni una. Se habían convertido en los amos del pueblo y le tenían atemorizado.